Cuentos de Yolanda

Cuentos de Yolanda
Cuentos para niños y mayores, cuentos diferentes, que te hacen pensar, con su moraleja al final de la historia. Aunque penséis que son muy complejos para un niño, no subestiméis su entendimiento, su forma de ver las cosas y la vida, puede que no lo vean como los adultos, porque sí, son niños, pero no son tan ignorantes como los vemos, simplemente su perspectiva es diferente a la nuestra, no dudéis en leer los cuentos a vuestros hijos, explicarles las palabras que no entiendan, para que puedan absorberlas, y sorprendeos con su capacidad de razonamiento.

sábado, 14 de febrero de 2015

Cupido y Serendepia



Cupido y Serendepia



Os voy a contar una historia que poca gente conoce.
Seguramente sepáis quién es Cupido, ese ángel que lanza flechas, para que la gente se enamore a primera vista.
Pero... ¿quién conoce a Serendepia? Esa que se encarga de la casualidad, de los encuentros fortuitos, ¡qué haríamos sin ella! seguramente haya intervenido más en nuestras vidas que cupido.
Bien pues os voy a contar cómo empezó todo, y cómo puede llegar a estar todo relacionado.
Serendepia y Cupido, nacieron para competir por un puesto que había quedado vacante, el de "Celestina del amor", los dos eran amigos, se conocían bien, pero al mismo tiempo eran rivales, tenían que crecer juntos pero entrenar por separado, a los dos les entregaron sus arcos y sus flechas, pero cada uno tenía que buscar su propia estrategia para que sus flechas fueran las más efectivas.
Serendepia era dulce y cariñosa, enamorada del amor, sólo era una niña pero tenía claro lo que quería, que el amor triunfara ante todas las cosas, era la candidata perfecta para el puesto de celestina.
Cupido era más travieso, lo que le gustaba era disparar flechas, cuantas más flechas mejor, creo que a veces no le importaba que las personas a las que enamoraba con sus flechas, no fuesen compatibles.
Cuando dejaron de ser unos bebés, para convertirse en los niños encargados de repartir amor, empezaron sus pruebas.
Serendepia observaba bien a sus aspirantes al amor, y hasta no sentirse segura de que ese amor triunfaría no disparaba su flecha.
Cupido era un torbellino, y cualquier candidato a enamorarse, era perfecto para practicar el tiro al blanco.
Durante algún tiempo estuvieron compitiendo, flecha tras flecha, amor tras amor, y prueba tras prueba, cada vez estaban más cerca del veredicto final.
Una vez realizado el recuento de parejas enamoradas. Cupido ganó con una elevada puntuación.
Una vez más, como en tantas otras ocasiones de la vida, la cantidad fue mejor valorada que la calidad. Y el amor fue dejado en manos de Cupido. Quizás esto aclare muchos de los resultados finales que este angelito va provocando por el mundo.
En fin, que Cupido y Serendepia seguían creciendo, juntos pero no revueltos, cada uno por separado, hacían lo que tenían que hacer.
Cupido enamoraba a las parejitas con sus flechas de amor, con él todo era idílico y maravilloso, las parejas eran felices, mientras durase el efecto de las flechas, si la puntería de Cupido era cien por cien en el corazón de cada enamorado, ese amor duraría para siempre, pero si no acertaba de pleno, después de pasarse el efecto tenían que seguir el camino del amor por sus propios medios, y no siempre conseguían andarlo.
Mientras tanto Serendepia, que se quedó sin realizar el trabajo de su vida, hacía lo que mejor se le daba hacer, observar, observar y dejar que las cosas pasen cuando tengan que pasar, por casualidad.
Aunque Serendepia no había conseguido el puesto oficial de celestina, ella tenía clara su vocación, ella creía en el amor verdadero, pero no el enamoramiento que provocan las flechas de Cupido, si no en el amor que surge, que crece, que se forja día a día, y que si lo trabajas constantemente, puede durar eternamente.

Cupido aunque crecía cogiendo experiencia y confianza en sí mismo, no terminaba de ser tan observador y detallista como Serendepia, y por muy bueno que fuera lanzando flechas, lo que hacía por los demás no lo podía hacer por él mismo. Era evidente que entre ambos había más que una simple amistad o rivalidad. Ella escondida entre los árboles siempre observando y dejando pasar la oportunidad, si algo tenía que ocurrir ya ocurriría, pero su rechazo pasado, del trabajo de su vida, no le dejaba superarlo y hacer algo para cambiar las cosas. Él en su mundo de enamoramiento, no era capaz de dirigirse a ella y exponer sus sentimientos, simplemente dejaba pasar el tiempo embelesado con la belleza de Serendepia.
Ambos siguieron creciendo...

Sus caminos se separaban y convergían constantemente.
Ambos habían perdido la inocencia de su niñez, Cupido era cada vez más engreído, seguro de sí mismo, creyéndose ser el príncipe absoluto del amor.
Serendepia, una joven y apuesta fémina, inteligente, mucho más fría, dura y segura de sí misma, tantos años observando a Cupido, a las parejas de enamorados, creía saberlo todo sobre el amor, pero todavía sin el valor de atreverse a actuar, aunque viera como Cupido se equivocaha en alguna precipitada flecha de amor, le dejaba actuar, aunque se viera con ganas de revelarle lo que sentía por él, seguía sin ser capaz de acercarse a su piel.
Los años seguían pasando y la distancia emocional entre ellos era cada vez mayor.
Serendepia llegó a la edad adulta cuando por fin la madurez llegó a su corazón.
Se dio cuenta que su gran pasión seguía siendo ver felices a los demás, y todos los años que había pasado observando cómo el azar y la casualidad también tenían su papel a la hora de ser feliz, se dedicó a ello, a los actos fortuitos del destino, cuando creía que una pareja merecía estar junta, aunque ellos mismos no fuesen capaces de verlo, casualmente provocaba un encuentro fortuito por obra del destino, quizás una piedra en el camino de una joven que mientras camina hacia atrás no la ve, y al tropezar, ese chico con el que tontea, al quererla sujetar, se ven obligados a ponerse cara a cara, y si hay amor de verdad, seguramente un beso surgirá.
Cupido que nunca había dejado de fijarse en ella, le gustaba lo que veía, ese cambio tan positivo en su forma de actuar. Él también había madurado, y empezó a reconocer que quizás una ayudita no le vendría mal.
Así que armado de valor, se acercó a Serendepia y le reveló sus sentimientos, ella correspondiéndole, le abrazó y se pusieron a hablar y hablar, todas esas palabras que no se habían dirigido durante años.
Decidieron que ya no serían rivales nunca más, a partir de ese instante, podían trabajar juntos, bueno aveces por separado y a veces en conjunto, pero siempre se tendrían el uno al otro.
Por eso a veces el amor te llega con un flechazo, otras veces por casualidad, y en otras ocasiones, es un un cúmulos de circunstancias, que no te das cuenta cómo te llegas a enamorar.
Aunque lo que realmente importa, es saber que no podemos dejar el amor de pareja a factores externos, Cupido y Serendepia, sólo nos dan ese empujoncito que a veces necesitamos y que no somos capaces de caer en la cuenta de lo que ocurre. Después la labor es totalmente nuestra, nada es eterno si no lo sabemos mantener. La elección final es tuya, aprovéchala.



FIN



Y.L.L.
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